Cuando la imitación sustituye al criterio: una nueva alerta para nuestra niñez

Por Rosa Escoto

Como si no fueran pocos los desafíos sociales que hoy enfrenta la República Dominicana, una nueva tendencia irrumpe en el escenario digital y social: la llamada corriente de los therians. Más allá del nombre o de la curiosidad que pueda despertar, lo verdaderamente preocupante no es la tendencia en sí, sino el contexto social frágil en el que aterriza y la rapidez con la que se replica, sin análisis ni reflexión crítica.

Esta tendencia se refiere a personas que afirman identificarse, a nivel emocional, espiritual o psicológico, con un animal, asumiendo esa conexión como parte central de su identidad. En redes sociales suele manifestarse mediante comportamientos imitativos, narrativas simbólicas y formas de expresión que trascienden el juego o la representación artística, presentándose como una manera de “ser” y no solo de actuar. Su rápida difusión, especialmente entre niños y adolescentes, ocurre en un entorno donde la validación digital muchas veces sustituye la orientación adulta.

Vivimos en una sociedad golpeada por la violencia, la pérdida de referentes, la sobreexposición digital y la normalización de conductas que antes generaban alarma. En medio de ese escenario, nuestra niñez crece con inquietudes profundas, intentando entender un mundo hostil que con frecuencia no le ofrece contención emocional ni límites claros. Es ahí donde cualquier fenómeno que distorsione la percepción de la identidad o que incentive la evasión de la realidad debe encender las alarmas.

La niñez y la adolescencia son etapas de exploración, sí, pero también de formación de identidad y de construcción del “yo” en relación con el entorno. El riesgo surge cuando narrativas amplificadas por redes sociales se asumen como identidades rígidas, validadas sin acompañamiento psicológico ni guía adulta, y adoptadas por quienes aún no cuentan con la madurez emocional para procesarlas.

El impacto puede ser profundo: confusión emocional, desconexión social, aislamiento, burlas, debilitamiento de la autoestima y una peligrosa normalización de la evasión como mecanismo para enfrentar la realidad. No se trata de creatividad ni de juego simbólico, sino de mensajes que diluyen límites y responsabilidades, justo cuando más se necesitan.

A la familia se le agrega un nuevo ingrediente a una receta ya sobrecargada: el desafío de competir con narrativas digitales que entran al hogar sin pedir permiso. Hoy, madres, padres y cuidadores no solo educan; también filtran, explican y, muchas veces, intentan reparar los efectos de un mundo virtual que avanza más rápido que el diálogo familiar.