Cuando el humor cruza la línea de la sensibilidad

Por Rosa Escoto

La niña era ficticia. La historia fue recreada. No se trató de una víctima real cuya intimidad haya sido expuesta.

Pero esa aclaración no debería cerrar la conversación.

Porque el abuso sexual infantil sí es real.

Y cuando una problemática tan dolorosa se convierte en el recurso de una sátira, es válido preguntarnos si, en nombre del humor, estamos cruzando una línea que como sociedad deberíamos aprender a reconocer.

No somos brutos.

Somos inteligentes. Entendemos la ironía, la sátira, la parodia y el humor negro. No necesitamos que nos expliquen que una escena es ficticia para comprender lo que estamos viendo.

Precisamente por eso podemos decir: esto no me parece gracioso.

Y decirlo no significa estar en contra de la libertad de expresión.

La libertad de expresión es un derecho que debemos defender. El humor puede ser irreverente, incómodo y hasta provocador. Puede cuestionar aquello que muchos prefieren callar.

Pero la libertad creativa también exige responsabilidad.

Porque una cosa es utilizar el humor para denunciar una realidad y otra es utilizar una representación del abuso sexual infantil como recurso para provocar una carcajada.

El problema no es hablar del abuso. El problema es cómo decidimos hablar de él.

Podemos ridiculizar al abusador. Podemos denunciar el silencio de los adultos. Podemos cuestionar a quienes encubren. Podemos señalar las fallas de una sociedad que todavía no logra proteger suficientemente a su niñez.

Hay muchas maneras de provocar una conversación.

Pero cuando el recurso escogido es representar a una niña siendo víctima de abuso para generar humor, muchas personas tenemos derecho a sentir que se cruzó una línea.

No se trata de censurar.

No se trata de cancelar.

Se trata de preguntarnos si todo lo que puede hacerse debería hacerse.

Y sí, todavía quedamos personas con moral.

Quizás somos pocos.

Pero quedamos.

Personas que creemos que la dignidad de la niñez merece un cuidado especial. Personas que entendemos que no todo puede convertirse en entretenimiento. Personas que todavía creemos que la viralidad no puede ser el único criterio para decidir qué contenido vale la pena producir.

Porque también existe una forma de inteligencia que no tiene relación con los seguidores, las reproducciones ni los números:

saber cuándo detenerse.

El humor puede tener muchos límites y cada sociedad puede discutirlos. Pero cuando hablamos de abuso sexual infantil, creo que deberíamos ser especialmente cuidadosos.

No porque no podamos hablar del tema.

Precisamente porque tenemos que hablar de él.

Hablar para prevenir.
Hablar para educar.
Hablar para proteger.
Hablar para que ningún niño o niña tenga que vivirlo.

La niña de la sátira era ficticia.

Pero las niñas y los niños que sufren abuso no lo son.

Y quizá esa sea la razón por la que, antes de convertir cualquier realidad dolorosa en entretenimiento, deberíamos detenernos un segundo y preguntarnos:

¿Esto aporta algo o simplemente provoca una reacción?

Porque no somos brutos.

Somos inteligentes. Y todavía sabemos cuándo el humor deja de ser humor y comienza a perder sensibilidad.