Susan Sarandon está a punto de recoger en Barcelona un nuevo galardón: el Goya Internacional 2026, un reconocimiento a una larga trayectoria marcada por la excelencia interpretativa y la coherencia. Durante los casi 60 años de carrera, la actriz neoyorquina ha sabido imponer su criterio desafiando todo tipo de estereotipos en una industria poco amiga de cualquier disidencia.
La actriz estadounidense Susan Sarandon recibirá el Goya Internacional en la 40 gala de los Premios Goya del cine español, el próximo 28 de febrero en Barcelona.
Al recibir este busto de bronce, Susan Sarandon se une a colegas suyas anteriormente premiadas como Cate Blanchett o Sigourney Weaver, pero lo hace aportando un matiz de disidencia política y coherencia profesional que resulta atípico en las altas esferas del star-system estadounidense.
A sus 79 años, Susan Sarandon (Nueva York, 4 de octubre de 1946) sigue en activo; una actriz que ha sabido condicionar todo proyecto que llegaba a sus manos, imprimiendo una seriedad y autoridad interpretativa a todo lo que hace, -y lo hace magistralmente-, algo que es todo un sello de identidad, que bien podríamos denominar ‘made by Sarandon’.
Una actriz poderosa y contundente
La trayectoria de Sarandon es un registro de riesgos calculados que comenzó a definirse en los años setenta, una década de ruptura donde ella encajó desde papeles tan insólitos como el de The Rocky Horror Picture Show hasta colaboraciones con cineastas exigentes, eligiendo personajes que desafiaban normas sociales y estéticas y construyendo una carrera lejos de lo complaciente.
Su debut en Joe (1970) y su posterior participación en la mencionada película musical de culto estrenada en 1975, ya sugerían que no estábamos ante la clásica ingenua de estudio. Sarandon impuso desde el inicio una estilo propio que venía a decir «la inteligencia no es un rasgo accesorio del personaje, es su motor imprescindible».
Esta estrategia alcanzó una dimensión sociológica global con ‘Thelma & Louise’ (1991). Su personaje, Louise Miller, no fue una fugitiva accidental, sino el centro de gravedad de una subversión que arrebató al hombre el monopolio de la aventura en la carretera.
La crítica internacional subrayó entonces que Sarandon no ejecutaba solo un papel de «mujer fuerte», sino que «proyectaba la autoridad de quien domina la cámara a través de la lucidez y el desencanto». Aquella nominación al Oscar fue solo el principio de una carrera de alta intensidad donde su nombre se convirtió en el sello de garantía para cualquier guion que aspirara a tener un buen nivel cultural.
El punto de máxima exigencia interpretativa de Susan Sarandon es, sin duda, ‘Dead Man Walking’ (Pena de muerte) (1995), dirigida por el actor y director, Tim Robbins, su pareja durante más de veinte años. En esta película realizó un ejercicio de depuración absoluta para encarnar a una monja, eliminando cualquier rastro de sofisticación y centrando todo el peso en la moral del personaje. Una interpretación que evitaba el sentimentalismo fácil para concentrarse en el conflicto ético, en la tensión entre compasión y justicia.
El Oscar a la Mejor Actriz que le dio esta película no reconoció solo una película de éxito, sino la culminación de un período de excelencia que abarcó títulos como ‘El aceite de la vida’ (1992) o ‘El cliente’ (1994). En esta última, su papel de la abogada Regina Love le valió un premio BAFTA, consolidando su gran solvencia tanto para liderar tanto el thriller comercial como el drama.
En su «evolución hacia la veteranía», es decir, en ese reto de saber conllevar el paso del tiempo para quien vive de su rostro, Sarandon ha sorteado con éxito las trampas y sinsabores de eso que se llama «invisibilidad femenina» a partir de los cincuenta. Su trabajo en la serie Feud (2017), encarnando a una Bette Davis atrapada en la decadencia del sistema de estudios, fue una demostración de técnica contemporánea y un comentario ácido sobre la propia industria que hoy la homenajea. No recurrió a la simple imitación, sino a una deconstrucción del mito que le devolvió el reconocimiento unánime de la crítica.
Fuera de los focos
La vida privada de Susan Sarandon ha operado con la misma independencia que su carrera, rompiendo moldes sobre la maternidad y las relaciones sentimentales en un entorno tan conservador como Hollywood de hace treinta años. Conocida es su unión de más de dos décadas con Tim Robbins (1988-2011)una relación que, sin pasar por el altar, se convirtió en el epicentro del activismo en Nueva York y en el motor de proyectos profesionales.
La maternidad marcó un punto de inflexión en su madurez. Sarandon desafió las convenciones al tener a sus tres hijos —Eva, Jack Henry y Miles— pasados casi los 39 años, circunstancia que dotó de más profundidad, si cabe, a sus interpretaciones de «madre coraje» en la gran pantalla.
Y como vaticina el dicho «De tal palo, tal astilla», la descendencia de Susan Sarandon es un reflejo directo de su propia inquietud artística. Su hija mayor, Eva (1985), habida de su relación con el director italiano Franco Amurri, a quien conoció en Italia durante el rodaje de La última aventura, no solo heredó su parecido, sino también el oficio. Ambas han compartido pantalla en varias ocasiones.
Después, con Robbins, tuvo dos hijos más, que también han seguido el camino del cine y la música: Jack Henry (1989) como director y guionista, mientras que Miles (1992) destaca como actor y músico. Hoy, la actriz reconoce que sus tres nietos -que le ha dado su hija- son su prioridad, por lo que mantiene una vida tranquila en su residencia de Nueva York, alejada del ruido de Los Ángeles.
Integridad moral
Lo que diferencia a Susan Sarandon de otras figuras de su estatus es su gestión deliberada de la visibilidad pública y su rechazo a permanecer en silencio. Su salida de la agencia UTA tras sus recientes posicionamientos sobre el conflicto en Gaza es solo el ejemplo reciente de una trayectoria marcada por la confrontación con el statu quo.
Y es que la Sarandon es de esas pocas actrices que consideran que, precisamente por su relevancia social, artística y pública, debe asumir una función social, un compromiso ético que el Goya Internacional reconoce como parte de su integridad moral.
Sarandon ha sido una de las voces más visibles de Hollywood en defensa de causas sociales. Ha participado activamente en protestas por el aumento del salario mínimo y otros derechos laborales, y hasta fue arrestada en una ocasión en Albany, durante una manifestación en apoyo a trabajadores con bajos ingresos.
Su crítica al sexismo, racismo y edadismo en el cine, junto con su apoyo público a movimientos progresistas —incluida la causa palestina, por la que llegó a perder la representación de su agencia—, han reforzado su imagen de actriz comprometida con todo lo social.
Y es que detrás del glamour de la alfombra roja, se encuentra una mujer valiente que ha gestionado su propia productora y ha luchado por la paridad salarial mucho antes de que el movimiento Me Too lo convirtiera en una consigna global. Una mujer de belleza serena y elegante que ha hecho de su oposición a la tiranía de la cirugía estética otra de sus grandes banderas. Sarandon defiende el envejecimiento natural como herramienta de trabajo, permitiendo que su rostro refleje las señas de identidad de toda una vida.
Esta coherencia entre lo que piensa y lo que hace, la convierten en una mujer cercana pero rotunda, capaz de compaginar sofisticación, inteligencia y autenticidad, cualidades de quien nunca ha permitido que la fama devore a la persona.
En su vida personal ha mantenido la misma coherencia que en su carrera. Madre, activista y empresaria, ha defendido causas feministas, ambientales y de justicia social, a menudo asumiendo el coste mediático de sus posiciones. En un Hollywood frecuentemente acomodaticio, ella ha elegido el camino menos cómodo. Quizá por eso sigue siendo, más que una estrella, una referencia: toda una todoterreno en la pantalla y en la vida real.
Amalia Glez. Manjavacas
EFE-REPORTAJES




