Por Rosa Escoto, politóloga.
La situación actual de Venezuela no admite lecturas simplistas. Reducirla a una disputa ideológica o a un pulso entre potencias sería tan equivocado como ignorar el drama humano que, durante años, ha marcado la vida de millones de venezolanos. Tras más de dos décadas de autoritarismo, colapso institucional y empobrecimiento sistemático, el país se encuentra ante una disyuntiva compleja: ninguna salida será perfecta, pero la permanencia del régimen de Nicolás Maduro representa, para muchos, la prolongación de una crisis que ha demostrado ser profundamente destructiva.
En este contexto, hablar de los intereses de Estados Unidos y de la geopolítica mundial es inevitable. La historia confirma que las grandes potencias no actúan por altruismo; todas responden a intereses estratégicos, económicos y energéticos claramente definidos.
Venezuela, poseedora de una de las mayores reservas de petróleo del mundo, no es la excepción. Negar esta realidad sería ingenuo. Reconocerla, en cambio, permite analizar con mayor madurez los escenarios posibles.
La pregunta de fondo no es si existen intereses externos porque siempre los habrá sino si estos pueden coincidir, aunque sea parcialmente, con las necesidades más urgentes del pueblo venezolano: estabilidad, recuperación económica, instituciones funcionales y condiciones mínimas de dignidad. Si una reactivación del sector petrolero, bajo nuevos esquemas, logra dinamizar la economía, generar empleo, frenar la migración forzada y devolver esperanza a una sociedad exhausta, para muchos venezolanos ese escenario resulta preferible a la continuidad de un modelo que ha demostrado su fracaso.
La geopolítica mundial se rige por el intercambio: todos los países tienen algo que otros necesitan. Lo verdaderamente determinante es saber negociar desde la claridad de lo que se requiere y desde una visión responsable de Estado. Aquí emerge una advertencia necesaria: no toda solución aparente es, necesariamente, la correcta. En política internacional, la cura puede ser peor que la enfermedad si las decisiones no se toman con rigor. No es lo mismo comprender y sostener la estructura política de un Estado en circunstancias complejas que gozar de simpatía política o legitimidad moral. Ambas dimensiones son importantes y deben caminar de la mano.
En este escenario, el liderazgo de María Corina Machado merece un reconocimiento particular. Su coherencia, firmeza y perseverancia la han convertido, para amplios sectores de la sociedad venezolana, en una figura que simboliza resistencia y esperanza. Su capital político y emocional es incuestionable. Sin embargo, el desafío que enfrenta es mayor: conducir una transición no depende solo de convicción, sino también de estrategia, alianzas y capacidad técnica.
María Corina Machado necesitará, inevitablemente, aliados estratégicos que complementen su liderazgo: actores con experiencia en el ejercicio del poder, en la reconstrucción institucional y en la negociación internacional. La simpatía popular es una fuerza poderosa, pero insuficiente por sí sola para sostener un proceso de transformación profunda y duradera.
Hay, finalmente, una realidad que no debe perderse de vista: una cosa es analizar a Venezuela desde fuera y otra muy distinta es vivir dentro de su compleja cotidianidad. Las decisiones que se tomen hoy marcarán el destino de generaciones enteras. Por ello, más allá de ideologías, intereses externos o disputas de poder, el centro del debate debe seguir siendo el mismo: qué es lo mejor para una población que ha resistido años de opresión, escasez y exilio.
Venezuela no necesita soluciones perfectas; necesita soluciones posibles, responsables y humanas. Y necesita, sobre todo, que cualquier cambio tenga como prioridad devolverle a su gente el derecho a vivir con dignidad.




