Por Rosa Escoto
La discusión sobre la reforma policial en la República Dominicana vuelve a cobrar fuerza cada vez que ocurre un hecho que conmociona a la sociedad. La reacción suele ser la misma: se anuncian investigaciones, se prometen sanciones y se reitera el compromiso con la transformación de la Policía Nacional. Sin embargo, una pregunta comienza a abrirse paso con mayor fuerza: ¿es la reforma suficiente o el país necesita una institución completamente nueva?
Las reformas buscan corregir estructuras existentes. Mejoran procesos, actualizan protocolos, fortalecen la capacitación y modernizan los mecanismos de gestión. Todo ello es necesario. Pero también es cierto que existen organizaciones cuya cultura institucional ha sido moldeada durante décadas por prácticas difíciles de erradicar. Cuando esa cultura termina normalizando el abuso de poder, la falta de rendición de cuentas o la desconfianza ciudadana, el problema deja de ser administrativo para convertirse en estructural.
No se trata de desconocer que dentro de la Policía Nacional existen miles de hombres y mujeres que cumplen su deber con honestidad y vocación de servicio. Ellos también son víctimas de un sistema que, en muchas ocasiones, termina juzgando a todos por las acciones de unos pocos. Precisamente por respeto a esos buenos agentes, el país necesita una institución que dignifique su labor y les permita desarrollar su carrera bajo estándares profesionales modernos.
La confianza es el principal activo de cualquier organismo encargado de hacer cumplir la ley. Sin ella, la cooperación ciudadana disminuye, las denuncias se reducen y la percepción de inseguridad aumenta. Ninguna estrategia de seguridad puede ser verdaderamente efectiva si la población duda de quienes están llamados a protegerla.
La República Dominicana lleva años hablando de reforma policial. Se han realizado cambios en la formación, aumentos salariales, incorporación de tecnología, nuevos reglamentos y asesorías internacionales. Aun así, los episodios que generan indignación pública continúan alimentando la percepción de que el cambio avanza más lento que la pérdida de credibilidad.
Quizás ha llegado el momento de discutir una alternativa más profunda: la creación de un nuevo organismo nacional de seguridad pública, diseñado desde cero y libre de los vicios que durante generaciones han afectado el modelo actual.
No sería simplemente cambiar un uniforme, un nombre o un logo institucional. Sería construir una entidad cuya identidad nazca sobre principios distintos: profesionalización, transparencia, respeto irrestricto a los derechos humanos, uso proporcional de la fuerza, supervisión independiente, tecnología, evaluación permanente y cercanía con la comunidad.
Una institución moderna debería contar con procesos de selección mucho más rigurosos, evaluaciones psicológicas periódicas, formación continua, cámaras corporales en los operativos, protocolos públicos de actuación y un sistema externo e independiente que investigue cualquier denuncia contra sus miembros. La legitimidad se fortalece cuando quien vigila también puede ser vigilado.
Naturalmente, crear un nuevo organismo no resolvería por sí solo los problemas de criminalidad. La seguridad ciudadana también depende de la educación, la prevención, la inclusión social, la justicia y el fortalecimiento del Ministerio Público. Sin embargo, sí podría convertirse en el punto de partida para reconstruir un vínculo esencial entre el Estado y la ciudadanía: la confianza.
Las instituciones, como las personas, pueden llegar a un momento en que las reparaciones dejan de ser suficientes. Cuando una estructura ha acumulado durante décadas prácticas que afectan su credibilidad, insistir únicamente en reformas puede convertirse en un ejercicio de administrar el desgaste en lugar de resolver el problema de fondo.
Más que preguntarnos si la reforma policial ha fracasado, quizás debamos preguntarnos si el modelo que conocemos ya cumplió su ciclo histórico.
Los dominicanos merecen una institución que inspire respeto, no temor; que prevenga antes que reaccione; que proteja antes que intimide; y que entienda que la autoridad no se sostiene únicamente en el poder coercitivo del Estado, sino en la legitimidad que le otorga la confianza de la sociedad.
Porque la verdadera transformación no consiste en cambiar procedimientos. Consiste en cambiar la cultura. Y, en ocasiones, para construir una nueva cultura, es necesario tener el valor de comenzar de nuevo.





